DÍA DEL LIBRO: Concurso de relatos.

Como ya es tradición, desde hace ya 27 años, con motivo de la celebración del Día del Libro, este 23 de abril de 2026 los alumnos de primaria y secundaria realizamos el concurso de relatos.

Este año el ganador del concurso de relatos de 2º ciclo de ESO es Honghao Cheng, alumno de 4º ESO B.

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Dada la calidad que tienen los relatos de nuestros alumnos hemos querido compartirlo con todos vosotros, de manera que queremos compartir con todos vosotros su relato.

Feliz día del libro

UNA RESPUESTA EN BLANCO

“Otro día más…” Esas son l

as palabras que salen de mi boca al despertarme cada mañana. Me levanto como siempre, cansada, cansada de la injusticia que es la vida. Por la mañana sigo la misma rutina; es uno de mis escudos que me protegen. Me voy al baño, donde en el espejo me fijo en una versión de mí misma que ya no reconozco: Los ojos apagados, una mirada desoladora y una alma hecha a pedazos… Me tomo una ducha con agua fría para despertar mi cuerpo de verdad. Después me preparo un sándwich, un sandwich que me como sin hambre, solo para evitar que no me suene el estómago durante el día, y finalmente me voy de camino al instituto.
En la calle, empleo la sonrisa que ya mucho he ensayado, esa máscara que engaña a todo el mundo menos a mí. Camino sintiendo mi mochila como si estuviese llevando piedras en vez de libros. Voy con la vista fijada en mis propios pasos evitando el contacto visual con
otras personas. Pero por suerte logro llegar al instituto sin ningún contratiempo. En los pasillos del instituto, siento como si fuera un fantasma invisible, caminando mientras sigo siendo ignorada por todos.
Académicamente, los profesores dicen que estoy por delante de la clase, que soy muy buena estudiante, sin embargo, lo que no saben es que estudiar es una de mis maneras de conseguir callar mi mente. Muchos piensan que mi meta es sacar dieces, pero yo lo que
quiero realmente es esconder mi realidad de todos. Prefiero que me vean como una alumna brillante antes de que vean a una adolescente que está desmoronada por dentro.
Durante las primeras horas de clase no ocurre nada fuera de lo normal. Después al llegar el recreo me refugio en el mismo rincón apartado, rincón que se ha convertido en una especie de búnker personal. Abro un libro, escondiéndome detrás de sus páginas para evitar que
nadie se acerque y sumergiéndome en él para pasar el tiempo.
Última hora de clase, y hay un examen de historia. Al recibir la prueba, voy contestando a todas las preguntas con certeza absoluta. Pero todo se detiene cuando llego a la última:
“¿Cómo te describirías a ti mismo?” Al leer eso me quedé en shock ¿Qué tenía que ver eso en un examen de la revolución industrial? Peor aún, el profesor confirmó antes de empezar el examen que todas las pregunta incluida la última contaban para nota, entonce

 

s ¿Yo qué
pongo? No sé qué contestar, porque yo, de todo lo que me he escondido, ya no sé cómo soy realmente… De todo el pánico, estrés y sobrepensar qué poner como mi respuesta, suena el timbre, y no tengo más opción que entregar el examen con la pregunta en blanco.
Salgo del cole y voy de vuelta a casa pensando qué me va a decir el profesor al ver la pregunta con una respuesta en blanco. Al llegar a mi casa, me encierro en mi habitación, me siento en el suelo y me abrazo las rodillas. «¿Cómo te describirías?” Llevo mucho tiempo
construyendo un muro tan alto que ya nadie sabe qué es lo que hay al otro lado ¿Cómo voy a describirme si me he pasado la vida escondiéndome de mí misma?

Al final, es cierto lo que dicen: “Gato escaldado, del agua fría huye.” Soy un gato que se ha quemado por confiar demasiado, un gato que le han dado una puñalada en el corazón, y que en lugar de sanar, ha pretendido que nunca ha tenido heridas. Un gato que termina
huyendo de todo el agua. Yo hace mucho que paré de vivir y me puse en modo supervivencia, intentando evitar todo ese agua, hasta la más fría, para no volver a tener una probabilidad de sentir traición una vez más.
¿Quién soy sin las notas altas? ¿Quién soy sin esa máscara que he llevado puesta todo este tiempo? ¿Quién soy sin esa muralla tan alta que he construído? Soy un vacío, un vacío que no es falta de personalidad, es el resultado de haber priorizado la supervivencia sobre
la vida. Me doy cuenta de que haber dejado la pregunta en blanco fue, irónicamente, una de las respuestas más honestas que pude dar. No porque no sea nada, sino porque llevo tanto tiempo huyendo de mí misma, que yo ya no sé dónde empieza la máscara y dónde empiezo
yo.
Mañana será otro día, sí, me volveré a poner la máscara, emplearé esa sonrisa ensayada otra vez. Pero tal vez, tal vez algún día encuentre la valentía de confesar que la «alumna brillante» está hecha pedazos, y que, en realidad, sólo necesita aprender a reconstruirse sin
miedo a que la vuelvan a quemar.
Quizás, el vacío no es el final. Quizás, dejar ese espacio con una respuesta en blanco era el primer paso para volver a escribir mi historia, no con las palabras que otros quieran leer, sino con las que yo necesito para volver a sentirme viva. Yo no quiero

 

Yvonne Crisóstomo Lagundi
2oESO B

EL PRIMER VUELO DEL CORAZÓN

La primera golondrina de aquel año llegó en silencio, como si el cielo la hubiese soltado con cuidado para no despertar a nadie. Yo la vi desde la ventana de mi habitación, una tarde de marzo que olía a tierra húmeda y a promesa. Voló baja, dibujando curvas suaves sobre los
tejados, y en mi pecho algo se encendió con la misma ligereza de sus alas.
Bajé corriendo las escaleras, con el corazón golpeando las costillas como si quisiera adelantarse a mis pasos.
– Abuela, ¡he visto una golondrina! – le dije, todavía sin aliento – Ya viene el verano, ¿verdad?
Ella estaba en la cocina, con las manos ocupadas y la mirada serena, como si el tiempo no tuviera prisa cuando la rodeaba. Sonrió despacio, de esa manera suya que parecía abrazar sin tocar.
– Ay, mi niña…- respondió con dulzura-, una golondrina no hace verano.
Yo tenía trece años y el mundo era un lugar lleno de comienzos que creía ser eternos. A esa edad, cada emoción parece infinita, cada ilusión parece una certeza, y cada latido nuevo parece anunciar que la vida, por fin, empieza. Ese mismo año sentí algo cambiar dentro de mí, como el deshielo de un río: lento e inevitable. Mi mirada se hizo más profunda y mi voz empezó a llenarse de recuerdos que aún no me atrevo a confesar.
Y entonces apareció él.
No llegó con estruendo ni grandes gestos, sino poco a poco, casi sin darme cuenta, una risa en el patio, una mirada que duraba un segundo más, una tarde cualquiera que se volvía inolvidable porque él estaba allí.
Una tarde, sentado junto a mi abuela, me atreví a contárselo.
– Creo que me gusta alguien- le confesé con la voz temblorosa y el corazón lleno de una alegría que dolía un poco. Mi abuela me miró con ternura profunda, de esas miradas que entienden sin preguntar. No repitió el refrán. Solo acarició mi cabello, como si quisiera guardar aquel instante en sus manos.
– Entonces cuida ese sentimiento- me dijo en voz baja -Los comienzos son flores delicadas… Y, aunque a veces se marchiten, siempre dejan perfume.

Pero igual que las estaciones cambian sin avisar, un día me dijo que su familia se mudaba lejos.
Nos despedimos en la puerta del instituto. El mundo seguía girando con normalidad, la gente caminaba, los coches pasaban, el cielo seguía siendo azul. Pero dentro de mí, todo parecía haberse detenido.
Nos abrazamos con torpeza, como si ninguno supiera cuánto debía durar aquel instante.
– Cuídate- me dijo.
Su voz fue suave, casi como un susurro que el viento podría llevarse. Lo vi subirse al autobús y alejarse lentamente. Mientras el vehículo desaparecía en la distancia, sentí por primera vez ese dolor dulce que acompaña al crecimiento. No solo era tristeza. Era algo más profundo,
más silencioso. Era la certeza de que algo hermoso había existido, aunque no se quedara.
Aquella tarde regresé a casa con una tristeza suave, de esas que no hacen ruido pero pesan en el pecho. Mi abuela estaba sentada, mirando el cielo. Me senté a su lado sin decir nada. Ella señaló hacia arriba. Varias golondrinas cruzaban el cielo, rápidas y elegantes.
– ¿Las ves? – me preguntó -, ahora sí parece verano… Porque no es una sola. Comprendí entonces lo que antes había sido solo un sonido bonito. Comprendí que crecer significa aprender que una sola alegría no basta para sostener toda una vida, y que una sola tristeza tampoco puede destruirla. Que los veranos verdaderos se construyen con muchas golondrinas: amistades que permanecen, recuerdos que abrigan, despedidas que enseñan. Una golondrina no hace verano, pero a veces basta una sola para enseñarte que el verano existe…
Y que crecer, aunque duela un poco, es también aprender a amar lo que fue y agradecer lo que vendrá.

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